Una triste verdad

7 noviembre 2012

JÓVENES ESPAÑOLES POR EL MUNDO

No se van en trenes con maletas de cartón pero llevan sus bienes más preciados: un portátil, un móvil de última generación regalado por un familiar o conseguido a base de una lucha de puntos sin cuartel. Suelen tomar un vuelo de bajo coste, cazado pacientemente en las redes de Internet.

Se van a hacer un máster, o han logrado una mal llamada beca Erasmus que costará a la familia la mitad de sus ahorros. Otras veces van a hacer de au-pair, de auxiliar de conversación, o a cualquier trabajo temporal. La familia va a despedirlos a la puerta de embarque y mientras se alejan disimularán unos su pena y otros su incipiente desamparo. “Es por poco tiempo -se dicen-. Dominarán el idioma, conocerán mundo… Regresarán en pocos meses”.

Hasta hace poco era un privilegio de los nuevos tiempos que les permitía gozar de una libertad sin límites, de un mundo sin fronteras, de una capacidad casi infinita de aprendizaje… Hasta que llegó la crisis y la maleta pareció distinta, la espera en la fila de embarque más embarazosa, la despedida más triste y el fantasma de la ausencia definitiva más cercano.

No. No llevan maletas de cartón, ni hay aglomeraciones en el andén de la despedida. No se marchan en grupo, sino uno a uno. Aparentemente nada les obliga. Ha sido una cadena invisible de acontecimientos. Estuvieron allí hace unos años, o tienen una amiga que les ha informado de que puede encontrar algún trabajo con facilidad. No pagarán mucho, eso es seguro, pero podrán ganarse la vida con cierta facilidad… A fin de cuentas aquí no hay nada.

Y se marchan poco a poco, sin alboroto alguno. Un goteo incesante de savia nueva que sale sin ruido de nuestro país, desmintiendo la vieja quimera de que la historia es un caudal continuo de mejoras.

No hay estadísticas oficiales sobre ellos. Nadie sabe cuántos son ni a dónde se dirigen. No se agrupan bajo el nombre oficial de emigrantes. Son, más bien, una microhistoria que se cuenta entre amigos y familiares. “Mi hija está en Berlín”, “se ha marchado a Montpellier”, “se fue a Dubai” son frases que escuchamos sin reparar en el significado exacto que comportan. Escapan a las estadísticas de la emigración porque suelen tener un nivel alto de estudios y no se corresponden con el perfil típico de lo que pensamos que es un emigrante. Quizá en las cuentas oficiales figuren como residentes en el extranjero, pero deberían aparecer como nuevos exiliados producto de la ceguera de nuestro país.

En los tiempos de crisis que detallan cada euro gastado nadie computa los centenares de miles de euros empleados en su formación y regalados a empresarios de más allá de nuestras fronteras con una torpeza sin límites, con una ignorancia sin parangón. Menos aún se cuantifican el esfuerzo de sus familias, las ilusiones perdidas y sus sueños rotos en mil pedazos.

No llevan maletas de cartón, pero componen un nuevo éxodo que dispersa a nuestros jóvenes por toda Europa y gran parte del mundo, que nos priva de su saber, de su aportación y de su compañía. Pero, aparentemente nadie se escandaliza por esta fuga de cerebros, lenta pero inexorable, que nos privará de muchos de nuestros mejores talentos. Nadie protesta por esta nueva oleada de exiliados que son una acusación silenciosa del fracaso y de engaño. Se van en silencio por el túnel de embarque en el que les alcanzará la melancolía por la pérdida temprana de su tierra.

No son, como dicen, una generación perdida para ellos mismos. No son los socorridos ni-nis que sirven para culpar a la juventud de su falta de empleo. Son una generación perdida para nuestro país y para nuestro futuro. Un tremendo error que pagaremos muy caro en forma de atraso, de empobrecimiento intelectual y técnico. Aunque todavía no lo sepamos.

 

Por Concha Caballero.


Baila como si nadie te estuviera viendo

5 junio 2012

Nos convencemos a nosotros mismos de que la vida será mejor después… Después de terminar la carrera, después de conseguir trabajo, después de casarnos, después de tener un hijo, y entonces… después de tener otro.

Luego nos sentimos frustrados porque nuestros hijos no son lo suficientemente grandes y pensamos que seremos más felices cuando crezcan y dejen… de ser niños. Después nos desesperamos porque son adolescentes, difíciles de tratar. Pensamos: “Seremos más felices cuando salgan de esa etapa”.

Luego decidimos que nuestra vida será completa cuando a nuestro esposo o esposa le vaya mejor, cuando tengamos un mejor coche, cuando nos podamos ir de vacaciones, cuando consigamos el ascenso, cuando nos retiremos.

La verdad es que… NO HAY MEJOR MOMENTO PARA SER FELIZ QUE AHORA MISMO.

Si no es ahora, ¿Cuándo? La vida siempre estará llena de luegos, de retos. Es mejor admitirlo y decidir ser felices ahora. De todas formas… No hay un luego, ni un camino para la felicidad, la felicidad es el camino y es AHORA… ATESORA CADA MOMENTO QUE VIVES, y atesóralo más porque lo compartiste con alguien especial, tan especial que lo llevas en tu corazón y recuerda que EL TIEMPO NO ESPERA POR NADIE.

Así que deja de esperar hasta que termines la Universidad, hasta que te enamores, hasta que encuentres trabajo, hasta que te cases, hasta que tengas hijos, hasta que se vayan de casa, hasta que te divorcies, hasta que pierdas esos diez kilos, hasta el viernes por la noche o hasta el domingo por la mañana; hasta la primavera, el verano, el otoño o el invierno, o hasta que te mueras, para decidir que no hay mejor momento que justamente ESTE PARA SER FELIZ.

TRABAJA COMO SI NO NECESITARAS DINERO, AMA COMO SI NUNCA TE HUBIERAN HERIDO, Y BAILA COMO SI NADIE TE ESTUVIERA VIENDO.

 

Fuente: Internet


Sobre la sevillanía. “El ombligo de Sevilla”, por Arturo Pérez Reverte

1 mayo 2012

A continuación os dejo un artículo escrito por Arturo Pérez Reverte y que habla de mi tierra, y de la verdad de lo que ocurre en ella. Como sevillana y amante del lugar donde vivo, no puedo estar más de acuerdo con el autor…

 

EL OMBLIGO DE SEVILLA

María José, la telefonista del hotel Colón, me va a echar una bronca, como suele, en plan: esta vez se ha pasado varios pueblos, don Arturo, de Dos Hermanas a Lebrija, o más lejos, a ver quién le manda a usted metersecon la Sevilla de mi alma. Pero uno debe ser consecuente; y la semana pasada, al socaire de Matanza cofrade y la parafernalia blasfemo-judicial que arrastra cual bata de cola, se me calentó la tecla y prometí hablar hoy de cultura sevillana. De manera que cumplo, arriesgándome a que me quiten los premios que en esa ciudad me dieron por la cara, a que el director de ABC -allí y en Madrid El Semanal sale con ese diario- se acuerde de mis muertos, a que los amigos dejen de mandarme aceite, y a que Enrique Becerra diga que el cordero con miel o la carrillada de ibérico me los va a poner la madre que me parió. Pero uno tiene derecho a hablar de lo que ama. Y el caso, como dije que diría, es que con la palabra cultura ocurre algo extraño. Cuando la pronuncian, cinco de cada diez sevillanos piensan en la Semana Santa o la Feria de Abril. A lo más que llegan algunos es al barroco de las iglesias. Mi compadre Juan Eslava cuenta lo del turista que va en carruaje por la Alameda, y cuando pasa ante una estatua y pregunta si se trata de un pintor, un escritor, un músico o un poeta, el orgulloso cochero responde:«Qué va, hombre. Es Manolo Caracol».

Pese a los esfuerzos, casi suicidas, de heroicos paladines locales por romper la burbuja en que esa ciudad vive ensimismada, el grueso de los esfuerzos culturales sevillanos pasa por el embudo de las cofradías locales, estructura social en torno a la que se ordena la vida pública. El resto es secundario, no interesa. Los museos languidecen, las exposiciones llegan con cuentagotas -y sólo si está Sevilla de por medio-, las librerías cierran, las bibliotecas no existen o se ignoran. Si se tratara de una ciudad donde imperase la modestia, uno creería que ésta se avergüenza de cuanto la hizo hermosa e inmortal. Pero no es modestia sino egoísmo autocomplaciente, indiferencia a cuanto no sea arreglarse el Jueves Santo para salir con la medalla de la cofradía al cuello, a pintarla en la Feria, a tomarse una manzanilla en Las Teresas o en Casa Román, mirando alrededor mientras se piensa, o se dice, que Sevilla es lo más grande del mundo, y qué desgracia la de quienes no nacieron sevillanos.

Siempre que viajo allí me pregunto lo que podría ser esa ciudad si dejara de mirarse en su espejo autista y se abriera al mundo con la cultura como reclamo y bandera. Hablo de la cultura de verdad, no de la caduca soplapollez de diseño que pretenden vendernos políticos y mangantes en busca de la foto y el telediario del día siguiente, o del folklore demagógico y sentimental con el que quienes manejan el cotarro pretenden -y lo consiguen desde hace siglos- llevarse al huerto a la ciudadanía. Hablo de la Sevilla que va más allá de los retablos barrocos en misa de doce, de los bares de tapas, de los pasos de Semana Santa, de la Feria de Abril y los carnets del Betis o del otro, de los apresurados rebaños de chusma guiri que el sevillano necesita tanto como desprecia. ¿Imaginan ustedes parte de la pasta invertida en cofradías y casetas de feria, empleada en hacer de esa ciudad un verdadero polo de atracción, no sólo del turismo, sino de la cultura internacional? ¿Calculan lo que supondría aprovechar el clima, el fascinante escenario, la abrumadora riqueza de palacios, atarazanas, lonjas e iglesias, para proyectar la ciudad hacia el exterior, celebrar conciertos de renombre internacional, organizar ferias y exposiciones que atrajeran a artistas, críticos y público culto de todo el mundo? ¿Imaginan una gestión cosmopolita, lúcida y eficaz, de tanto arte, arquitectura y belleza, con la extraordinaria marca registrada de Sevilla como argumento? Es desolador que una ciudad así no se haya convertido -la ocasión perdida de la Expo se esfumó con los mediocres y los catetos que la gestionaron- en sede anual, bianual, quinquenal o lo que sea, de acontecimientos culturales que pongan su nombre, a la manera de Venecia, Salzburgo, París o Florencia, en la vanguardia de la cultura internacional. En lugar de eso, Sevilla sigue resignada a ser una pequeña ciudad onanista y a veces analfabeta, que no llora por las cenizas perdidas de Murillo, pero sí cuando pasa la Virgen; y que emplea el resto del año en discutir sobre si los arreglos florales de la Esperanza Macarena eran mejores o peores que los de la Esperanza de Triana.

http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/38/el-ombligo-de-sevilla/#.T57oTW5ZeGh.facebook


Por qué amamos a los hombres, por Paulo Coelho

10 marzo 2012

Comparto este texto con vosotros. Al menos a mi me ha hecho sonreír. Espero que os guste.

Amamos a los hombres porque no consiguen fingir un orgasmo, aunque quieran.

Porque 
jamás nos van a entender, y aun así lo siguen intentando.

Porque todavía nos encuentran atractivas cuando nosotras mismas ya no conseguimos creérnoslo.

Porque saben de ecuaciones, de política, de matemáticas, de economía, pero no saben nada del corazón femenino.

Porque 
son amantes que sólo descansan cuando alcanzamos (o fingimos) placer.

Porque han conseguido elevar el deporte a algo parecido a una religión. Lee el resto de esta entrada »


Me llaman Desastre

15 septiembre 2011

Besé a un príncipe y lo convertí en rana. Me casaron borracha en una barra de bar y desde entonces ya no puedo saltar sin sentirme ridícula. La rana pegó un bote y se largó a otra charca más cristalina. Y ahora no encuentro al piloto que nos unió para que anule tan verde y absurdo matrimonio.

Decidí desafiar al azar y enamorarme del segundo que pasara. Pasó el tercero, pero me vencieron sus chistes malos y sus ojos de color azul traidor intenso. Lo vi tan entusiasmado con romperme el corazón en dos, que no me atreví a llevarle la contraria. Comí tantas mentiras, que ahora la verdad me sienta fatal. Y encima de apaleada en el amor, llevo una temporadita en la que me birlan los mecheros.

Me compré un loro para tener a quien hablar a las tantas de la noche. Pero le dio por exigirme su intimidad, se declaró en huelga de hambre y se murió. Lo último que musitó en mis brazos fue un insulto. Y yo que nunca había sabido cómo llamarle, le di sepultura con el nombre de Cretino.

Insistí en llegar tarde a las citas con la Suerte y la tengo tan enfadada que ya no quiere quedar más conmigo. Jugué tanto a bajar a los infiernos que me cerraron el cielo. Me llaman Desastre, ando con osadías recién estrenadas cada día pero suelo tropezarme en los momentos decisivos. No sé partir corazones con gracia, ni mucho menos recomendarlos. Y me despisto con tanta facilidad que seguramente olvide levantarle las faldas a las palabras para ver qué esconden debajo.

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Lo que me merezco…

14 septiembre 2011

Me merezco un amor enorme, sin dudas, sin tiritas, sin gilipolleces.

Despertarme abrazada a un bombón caído del cielo expresamente para mí.

No desayunar sola, que me traigan un Cola-Cao con espuma a la cama.

Un chico listo que sepa leer entre mis líneas y se agarre a mis curvas.

Descubrir que no hay licencia que no pueda tomarme ni iniciativa indecorosa.

Y que mis botas nuevas, que no hacen daño alguno, me lleven a bailar.

Caminar por la calle con cara de tonta porque he recordado un piropo raro.

Que a todo lo divertido que se propase pueda clavarle mi sentido del humor.

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Cat Power (o lo que me mata de ti…)

21 junio 2011

Lo que me mata de ti no son las similitudes que nos hacen tanto vibrar como colisionar, ni los grandes epígrafes de amor con letras de neón, ni siquiera las diferencias que me tienen enganchada a ti como la más adictiva de las drogas. Es la manera en que lames la espuma que se queda en el borde de tus cafés con leche siempre tibios. Los mil quinientos tics y ruiditos que haces con la boca, las arrugas de reírte a destajo. La facilidad con la que conviertes las noches en emboscadas, me emborrachas y me sacas a bailar en tugurios vacíos.

Lo que me mata de ti es verte llegar con tus zapatos blancos desgastados, tu chaleco ceñido y tus colmillos de príncipe azul trasnochado. Que solo tú seas capaz de hacer conmigo lo que quieras, sin sentirme tonta por eso. Apretarme contra tu hombro y que ese sea mi rincón favorito en el mundo. Que seas el único que ha sacado en mi esa parte oscura que desea verme viejecita y rodeada de nietos insolentes junto a ti. Hacerme entender que la felicidad es despertarse con quien quieres, a veces de encaje, a veces de felpa.

Y como una Catwoman testaruda, lo que me mata de ti no acaba conmigo. Nunca dejo que lleguen a siete las veces que me has roto el corazón. Limpio mis heridas y ronroneando doy de nuevo con la pócima del olvido que me devuelve a ti. Y este amor tan terco que me haces sentir me convierte en tremendamente poderosa, me envalentona a descolgarme de tejados, relamer dificultados y maullarte audacias. Todo lo que me mata de ti es lo que tal vez consiga que esta pasión felina sobreviva más de ocho, nueve o diez vidas.

Fuente: http://dospalabrotas.blogspot.com/