Olvidar

Del amor al odio sólo hay un paso. Nunca había comprendido muy bien esta frase hasta que esta sentimental evolución me ocurrió a mí. ¿Cómo se puede odiar a alguien que has querido o que te ha importado? Solía preguntarme, ingenua de mi. Se puede. Se puede y, además, es una evolución reversible: puedes ir del amor al odio y del odio al amor en cuestión de segundos. Y todo lo que minutos, horas o días atrás te parecía perfecto ahora te parece… incompleto. Sabes que esa persona no es para ti, o quizá lo fuera cuando te engañaba como a una boba mostrándote un ficticio interés solo para llevarte a la cama. Y cuándo lo consiguió desvanecieron los mensajes, las llamadas, y ese tonteo pícaro que te hacía sentir que tu vida era perfecta y que eras afortunada. Te hacía sentir simplemente feliz. El hecho de recibir un mensaje de buenos días lograba que te levantaras de la cama siempre con el pie izquierdo (permitidme el cambio en el dicho popular, los zurdos también tenemos derechos a comenzar bien el día), con energía para afrontar otra dura jornada en ese lugar al que ahora llamas hogar porque no tienes más remedio.

Estar lejos de todo te hace valorar las cosas de otra manera. Sentirse sola magnifica tus sentimientos y puede que estos, impulsivamente, te lleven a actuar de una forma errónea que nada tiene que ver con tu verdadera actitud. O eso pensaba yo. Al principio. Cuando creí que yo mostraba demasiado interés y él muy poco. Pero entonces me di cuenta de que yo solo mostraba algún interés y él ninguno, por más que intente convencerte de lo contrario. Y llegados a este punto aprendí que olvidar es como hacer dieta. Solo necesitas fuerza de voluntad. Porque cuando una herida nos atormenta, sabemos que el primer día lloraremos por el insoportable dolor que provoca. Pero llegará el segundo y, aunque el dolor sigue existiendo, las lágrimas han dejado de fluir. Luchan por salir hacia fuera pero el orgullo y la rabia que sientes dentro pueden más que el corazón. Y finalmente, el tercer día, lo has olvidado todo. No hay orgullo, no hay rabia, simplemente no hay nada. Solo queda un recuerdo de algo más que archivar en tu pasado y que ni siquiera sabrás si merece la pena sacar a relucir algún día. No queda nada. Y probablemente en ese momento te sientes vacía. Pero entonces el optimismo, siempre tan oportuno, te planta cara para hacerte entender que lo pasado, pasado está. Lo único que cuenta es lo que está por llegar. Que no hay que sentir miedo porque, aunque lo creamos, nunca estamos solos. Los que están en tu vida y los que se mantienen en ella son las personas que realmente merecen la pena.

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