Coria del Río, un mestizaje de culturas a orillas del Guadalquivir

Este pequeño municipio sevillano se convirtió en el lugar de asentamiento de toda una tripulación de nipones.

Coria del Río ha sido un pueblo marcado por una gran riqueza cultural. Fenicios, romanos y musulmanes fueron los primeros en aportar su granito de arena para la evolución de estas tierras. Más tarde, una expedición de nipones decidió asentarse en Coria del Río para profesar con total libertad a la religión cristiana. Estos nuevos inquilinos rehicieron sus vidas en el pueblo, y se casaron con mujeres de la localidad, dejando todo un legado de nipones mestizos en el municipio…

 

Como cada mañana, el despertador suena bruscamente y María se despierta sobrecogida. Lo apaga e intenta cerrar los ojos de nuevo como si nada hubiera pasado. Un agradable olor a café y tostadas se cuela en su habitación y la hace reaccionar levantándose de la cama. Se viste a toda prisa y llega hasta la cocina donde comprueba que su padre era el culpable de que tan agradable aroma la desvelara. Se sienta y desayuna junto a él como suelen hacer todos los días laborables. Éste le dice, -date prisa, María, que llegamos tarde-. Pero María no se apura porque también esa frase tiene que escucharla todos los días.

Poco después ambos salen por la puerta de su hogar y se dirigen al coche. María mira por la ventanilla las bonitas vistas que Coria del Río tiene que ofrecerle. El río Guadalquivir se extiende ante ellos a través de una larga avenida. El mismo río que es la fuente de vida de toda la historia de ese hermoso pueblo. Ella lo mira curiosa, le gusta observar los detalles. Mira a los pescadores que se apoyan en la barandilla del río para pescar albures, ese pescado que en Coria del Río es tan popular. A ella le parece que esos hombres nunca se han movido de allí, pues los lleva viendo desde que era una niña.

Ya casi han llegado al instituto. Este está situado en lo alto de un cerro y su padre tenía que dejarla debajo porque subir con el coche le haría llegar tarde a su trabajo. A María no le gustaba subir todas las mañanas esa enorme cuesta que la hacía llegar a clase casi asfixiada, pero al mismo tiempo valoraba que su instituto estuviera en un sitio tan privilegiado. En los recreos le encantaba ir con sus amigas hasta el final del patio. Allí se asomaban a la barandilla y veían toda la ribera coriana. Entonces se sentaban en el suelo y la media hora de descanso se les pasaba en pocos segundos.

Otra de las cosas que también llamaba la atención de María era el nombre de su instituto. Se llamaba Caura. Al parecer, según le había explicado su padre, éste era un nombre con una larga historia detrás…

 

Mestizaje de culturas

Coria del Río es un municipio de la provincia de Sevilla. Está situado al sur de la capital andaluza y ocupa uno de los márgenes izquierdos del río Guadalquivir. Coria ha sido un pueblo habitado por grandes culturas de nuestra historia, tal y como demuestran los numerosos restos arqueológicos escondidos bajo su territorio. Existen instrumentos del Neolítico, del Calcolítico, de la Edad de Bronce o de la Época Ibérica. Se han encontrado puntas de flecha, hachas, cuchillos o vasijas de todas estas épocas. Gracias a estos hallazgos se ha podido conocer que Coria del Río data del año tres mil antes de Cristo aproximadamente.

Pero los hallazgos más importantes son pertenecientes al año mil antes de Cristo. A partir de esta época es cuando Coria del Río comienza a forjar su andadura como ciudad urbana. Los primeros pobladores estables de los que se tiene conocimiento son los fenicios. Provenientes de Fenicia, una antigua región situada en Oriente próximo, esta población se asentó en el pueblo sevillano donde formó un importante puerto fluvial con factoría propia. Debido a la importancia de la pesca en la zona, los fenicios bautizaron a Coria del Río como Kavra Siarum, lo que en nuestro idioma significa “zona de pesca”. El pueblo fenicio ha tenido gran importancia a lo largo de la historia debido a su contribución para crear un estrecho vínculo entre todas las civilizaciones mediterráneas. Nos transmitieron su cultura y sus costumbres aunque, a pesar de todo, quedan muy pocas huellas de su paso por la ribera coriana.

Los siguientes en llegar fueron los romanos. En un principio, estos mantuvieron el nombre de Kavra Siarum pero, posteriormente, pasaría a ser conocida tan solo como Cavra. Durante la época romana tienen lugar algunos hechos muy importantes para la modernización de la ciudad. El principal acontecimiento se encuentra en la circulación de la moneda por primera vez en la historia del pueblo. Gracias a los hallazgos arqueológicos ha podido saberse que en una de las caras de la moneda se encontraba la imagen de un pez. Además, la actividad pesquera y comercial que habían implantado los fenicios sigue llevándose a cabo durante este periodo.

 

Korah, gran víctima de la invasión normanda

Pero tras el asentamiento romano, Cavra sufrirá su periodo de mayor agitación. En el año 845 antes de Cristo los normandos o vikingos, procedentes de Noruega, invaden el territorio romano mermando gravemente la población. Los normandos llegaron en primer lugar a Gijón en el año 842 antes de Cristo pero se encontraron con el rechazo de Ramiro II, monarca leonés, para su estancia en el norte. Decidieron seguir su ruta por la península e intentaron un desembarco en la Coruña, pero tampoco tuvieron éxito. Así llegaron entonces hasta Lisboa, ciudad de la que fueron expulsados tras violentas contiendas, y llegaron al Sur, a las marismas de Cádiz un 29 de septiembre del año 825 antes de Cristo. Solo un día después ya habían recorrido el suficiente territorio para llegar hasta la ribera coriana y anclar sus barcos en el Guadalquivir. Una vez desembarcados, se encargaron de asesinar a sangre fría a todos sus habitantes y dejaron a Coria convertida en un auténtico desierto. Así actuaron no solo en Cavra, sino también por Sevilla y por todos aquellos lugares a los que podían llegar a través del río Guadalquivir.

Pero no duraría mucho la victoria vikinga. En el año 711 antes de Cristo los musulmanes llegan a este pueblo sevillano y cambian el nombre romano por el de Korah. El poderoso emperador Abderramán II, cuarto emir omeya de la provincia de Córdoba, se encargó de vengar todo el daño que los normandos habían hecho en Al-Ándalus. Miles de vikingos murieron asesinados, cuatrocientos de ellos fueron utilizados como prisioneros y posteriormente ejecutados y todas sus embarcaciones fueron destruidas.

Llega entonces un nuevo periodo de paz para Korah, que tras la derrota vikinga permanecerá bajo dominio musulmán hasta la conquista de Fernando III, Rey de Castilla. Será aquí cuando el cristianismo se expanda por toda la provincia de Sevilla. Tras esta conquista, Coria del Río quedó básicamente desolada, por lo que el rey de Castilla tuvo que encargarse de su repoblación, para lo que contó con la ayuda de Alfonso X el Sabio. Entre ambos llenaron el municipio de familias aragonesas y catalanas. Actualmente, en el pueblo vecino, la Puebla del Río, existe un monumento en honor a Alfonso X el Sabio.

A partir del siglo XVII, Coria perteneció al Conde Duque de Olivares y posteriormente al Conde de Altamira.

 

En busca de las ‘islas de oro y plata’

Tras toda esta miscelánea de culturas que recorrieron Coria del Río, llegamos ahora a 1560, año en el que misioneros y comerciantes embarcan hacia Japón para hacer negocio. Además de las tareas comerciales, llega a Japón el cristianismo, y muchos japoneses se convierten a esta religión. Llega a expandirse tanto entre los nipones que no alcanza solo a la gente del pueblo, sino también a muchos nobles del país. Lo cierto es que esta conversión tenía un motivo oculto: los propios japoneses pensaban que la cristianización podría beneficiarles mucho con respecto a futuros tratos comerciales con España. Pero más tarde comprobaremos que los nipones profesaron esta religión con mucha seriedad.

Ya en el año 1609, Don Rodrigo de Vivero y Velasco, nombrado gobernador en Filipinas por su tío Luis de Velasco, Virrey de México, coincidió con la orden del Rey Felipe III de España para mandar una expedición a las famosas ‘islas ricas en oro y en plata’. Estas islas estaban muy cercanas a Japón y muchos exploradores han tratado de encontrarlas a lo largo de la historia. Pero, al parecer, no se trata más que de uno de tantos mitos que se han forjado entre los viajeros y descubridores de tesoros.

Don Rodrigo de Vivero iba acompañado por Sebastián Vizcaíno, comandante de la expedición. El objetivo principal de este viaje era establecer buenas bases para futuros negocios con los nipones. Así partieron de Acapulco un 22 de marzo del año 1611, y llegaron a Japón un 10 de junio del mismo año. Al llegar a la costa, el comandante Vizcaíno se presentó ante el gobernador japonés, Shogun Tokugawa Leyasu, como embajador de España.

Pero la embarcación filipina no fue tan bien recibida como todos esperaban. Algunos comerciantes holandeses que habían conseguido llegar antes a Japón se habían encargado de convencer a Tokugawa de que los españoles pretendían una fuerte invasión contra Japón. Esto no fue difícil porque en aquel momento, Flandes se hallaba en plena guerra con España.

Vizcaíno comenzó a buscar sin éxito las famosas ‘islas de oro y plata’, y tras fracasar en su intento durante dos meses, decidió volver a Japón con su barco gravemente dañado. Una vez allí, consiguió la ayuda de un importante señor feudal japonés, llamado Date Masamune, que se ofreció a financiar la construcción de un nuevo barco para él si se encargaba de supervisar una expedición a Roma para ver al Papa y a España para visitar a Felipe III, y así ayudarlo a promover futuras relaciones comerciales entre su propio feudo y Nueva España. Como embajador para su representación ante el rey, Masamune nombró a Hasekura Tsunenaga Rokuyemon, un samurái que trabajaba para sus servicios y que había sido un gran luchador en las guerras de Corea.

 

Rumbo a España

Una vez finalizada la construcción del barco, bautizado con el nombre de ‘San Juan Bautista’, partieron de Sendai, capital de Miyagi, un 27 de octubre del año 1613. El barco lo ocupaban, aparte de Vizcaíno y sus hombres, más de ciento ochenta japoneses de profesión comerciantes. Además, viajaba con ellos Fray Luis Sotelo, un franciscano cuyas pretensiones iban más allá del evangelio y cabeza pensante de todo este entramado. Sotelo había convencido a Masamune de que enviara el navío a la nueva España para hacer negocio. Una vez en alta mar, este tomó el mando de la embarcación y redujo a Vizcaíno a ser un simple pasajero más.

Tras pasar grandes temporales durante su trayecto, llegaron a Acapulco un 25 de enero del año 1614, donde fueron recibidos en medio de una gran ceremonia. Esta fue, sin duda, una de las travesías más largas y peligrosas hasta la fecha.

Poco tiempo había pasado la tripulación en México cuando decidieron ir a Veracruz para continuar con su viaje a España. Don Antonio Oquendo, un militar y marino español, poseía una flota importante en la cuidad y había decidido partir rumbo a España el 10 de junio. Ahora Tsunenaga tenía que seleccionar a varios de entre su tripulación porque no podía llevarlos a todos. Se había dispuesto que el resto de japoneses regresaran a Acapulco y esperaran el regreso del samurái. A bordo de un nuevo galeón llamado ‘San José’, Hasekura y toda su tripulación llegaron a Sanlúcar de Barrameda el 5 de octubre del año 1614, tras sufrir, como en la travesía anterior, la furia de grandes tempestades. Allí fueron recibidos por el Duque de Medina Sidonia, quien los recibió con alegría y les dio cobijo tanto al embajador como a sus hombres.

Tras descansar después de un largo viaje, Hasekura y sus hombres llegan a Coria, lugar del que partirán dos galeras que acercarán a los nipones hasta Sevilla capital. Durante su estancia en el pueblo sevillano fueron hospedados por orden de Don Pedro Galindo. Además, fueron obsequiados con nuevos ropajes y colmados de regalos y placeres para que llegaran a Sevilla derrochando felicidad.

 

Las fronteras quedan cerradas a todos los cristianos en Japón

Finalizada su misión en Sevilla era el momento de que Tsunenaga partiera hacia Roma para cumplir con su último objetivo: la visita al Pontífice. Tras esto, los nipones tendrían que partir de nuevo a Japón. Pero mientras estaban en nuestro país, llegó a oídos de los japoneses que en su propia tierra todos aquellos que se había convertido al cristianismo y, por tanto, profesado esta religión, estaban siendo perseguidos. Además de esto, las fronteras de Japón estaban constantemente vigiladas y cerradas para todos aquellos desertores que habían optado por escoger el Cristianismo como primera opción. Por este motivo, muchos de los nipones que acompañaron al samurái en su viaje, decidieron quedarse a vivir en Coria para poder practicar su religión de forma totalmente libre y sin peligros.

Los nuevos habitantes nipones no tardaron en acostumbrarse a esta nueva forma de vida, y las descendencias mestizas entre corianas y nipones no tardaron en llegar. Se conoce que las primeras huellas de descendencia nipona pertenecen al siglo XVII, y estas fueron registradas en la Parroquia de Santa María de la Estrella, lugar donde se han encontrado numerosas partidas bautismales de niños que llevaban por apellido ‘Japón’. Se han registrado casos similares al de Coria en ciudades como en Extremadura, pero fue en la localidad sevillana donde el fenómeno tuvo mayor expansión. Tanto es así que ya en el año 1995 se localizaban en el municipio hasta seiscientas personas que llevaban el apellido Japón.

Sin embargo, lo que para Coria del Río era todo un fenómeno, ha sido desconocido para los japoneses hasta 1989, año en el que con motivo de la conmemoración de la ciudad de Sendai, se empezó a investigar sobre el pasado de esta. Durante esta labor se encontraron una serie de documentos firmados por Date Masamune, en los cuales menciona la expedición que Hasekura Tsunenaga emprendiera un 27 de octubre del año 1613. Gracias a estos documentos los japoneses deciden ponerse en contacto con Coria del Río, y desde el ayuntamiento de Sevilla se les envía hasta Sendai una de las cartas que se conservaban de Tsunenaga, en la que se explica toda la historia de los descendientes nipones que se encontraban en Coria del Río. Esta noticia salió publicada en Japón en el diario Asahi.


Hasekura Tsunenaga sigue presente en la actualidad

Desde que en Japón esto fuera noticia han sido numerosos los encuentros entre ambas culturas. En el año 1992, durante la Expo de Sevilla, se produjo en el pabellón de Japón un precioso encuentro entre el embajador nipón y algunos descendientes de japoneses.Poco después, durante ese mismo año, el embajador japonés de la ciudad de Sendai mandó construir en el Paseo Carlos de Mesa de Coria del Río una estatua en honor a Hasekura Tsunenaga.

En 1996 la Embajada de Japón organizó, con motivo del 382 aniversario de la expedición de Tsunenaga, un homenaje a todos los descendientes nipones.

Desde 1993 existe en Coria del Río la Asociación Hispano Japonesa Hasekura, la cual se encarga de organizar actividades y fomentar el encuentro entre corianos y nipones que quieran visitar el pueblo de sus antepasados. De esta forma el lazo de hermandad entre ambas culturas permanece vinculado, tal y como hace cientos de años sucedió con los tripulantes de la expedición de Hasekura.

El padre de María le había contado esta misma historia. Casi podía escuchar las palabras de su padre mientras ella prestaba atención absorta. María no tenía el honor de llevar en su nombre el apellido Japón, pero sí que conocía a muchas personas en clase que lo tenían. Le gustaba fijarse en ellos y hallarles ese parecido a los nipones que, hoy en día, aún se refleja en la cara de aquellos que llevan tal apellido, pero que cada vez es menos evidente al transmitirse de generación en generación. Cuando los miraba solía imaginarse a muchos japoneses en la antigüedad paseándose por las calles de su pueblo. Le resultaba raro, pero a la vez entrañable. Admiraba la forma en la que habían decidido quedarse, sólo por profesar una religión con la que verdaderamente se sentían identificados. Sacrificaron sus raíces por su religión, y para ello no les importó adaptarse a una nueva cultura y unas formas de vida diferentes a las experimentadas hasta ahora. María no era creyente pero, aún así, admiraba que para alguien la religión pudiera estar por encima de todo.

La campana suena y las clases han terminado por hoy. María despierta de su letargo que la ha llevado a distraerse desde el recreo hasta la última clase. Piensa que, de nuevo, tendrá que pedir apuntes a causa de su falta de concentración. Su padre la espera en el coche justo debajo del cerro del colegio. Ella se monta y le da un beso en su mejilla.

–          ¡Hola papá!

–          Hola María, ¿Qué tal ha ido el día?

–          Muy bien papá, aunque he estado algo distraída…

–          ¿Y eso? ¿Algo va mal?

–          Papá ¿Te acuerdas de aquella historia que me contaste sobre nuestro pueblo una vez?

–          La de cómo los japoneses llegaron a Coria del Río, ¿No?

–          Sí esa. He estado pensando mucha en ella hoy tratando de recordarla ¿Podrías volver a contármela?

–          ¡Por supuesto! En el año 1609, Don Rodrigo de Vivero y Velasco, nombrado gobernador en Filipinas por su tío Luis de Velasco, Virrey de México, coincidió con la orden del Rey Felipe III de España para mandar una expedición a las famosas ‘islas ricas en oro y en plata’…

Por Alba Andrades

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2 respuestas a Coria del Río, un mestizaje de culturas a orillas del Guadalquivir

  1. Anónimo dice:

    Menuda empanada con el tema de los normandos y los musulmanes.

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